Este blog está dedicado a los ocho hermanos hijos de Don Pacho Dávila Pumarejo y de Ana Paulina Riascos Henríquez.: Alberto Pio (Al), Maria Luisa (Mary) , Eduardo Tomas (Eddy), Enriqueta (Quetica o Aunt Henrietta), Margot (Madre Margot), Ana Elisa (Madre Ana), Rosa Luisa (Rosie), y Francisco Eduardo (Franky). Al igual que muchos de ustedes, creo que les debemos mucho a ellos por lo que somos. Compartir su legado de proveernos la mejor educación académica y moral posible, de una pasión por la innovación y el desarrollo de la Costa Atlántica, de un deseo de hacer más por las clases menos pudientes, y de siempre velar por la unión familiar, es el mejor homenaje que podemos hacerles.
Para aquellos interesados en tener el libro de la genealogia Dávila Pumarejo - Riascos Henriquez por favor contactar a Julia Echeverri Dávila en juliaecheverri@hotmail.com o en Santa Marta al +57 54 227153
Por: Rosa Dávila Echeverri (R.I.P.) - Tomado del Libro de Genealogia de Julia Echeverri Dávila
En el Cementerio de San Miguel de Santa Marta existían las ruinas de una capilla construida en 1808. Doña Ana Paulina Riascos de Dávila, siempre se dolía de que ese templo no fuera restaurado. En 1939, cuando llego la hora de la entrega de la dote de su hija Ana Elisa a la orden religiosa en la cual profesaba, doña Ana Paulina le propuso que en vez de esto donara el dinero para reconstruir la Antigua capilla, y el faltante lo aportaría ella.
Concedido el permiso de la comunidad religiosa y la aprobación del entonces Obispo de Santa Marta, Monseñor Botero Álvarez, en 1949 se inicio la construcción bajo la dirección del don Francisco Eduardo Dávila Riascos, el hijo ingeniero de doña Ana Paulina, quien se ciñó al legado arquitectónico de la capilla primitiva. La labor termino en 1952, como consta en la placa de mármol situada en el costado derecho de la capilla.
El altar mayor y la imagen de la Virgen, obras esculpidas en mármol y traídas de España, que anteriormente estaban en l a antigua capilla del seminario, fueron obsequiadas a la capilla de San Miguel por el señor Obispo. El Cristo tallado en Madera lo regalo la familia Noguera Angulo.
Como un privilegio especial, Monseñor Botero Álvarez autorizo que se hiciera un oratorio lateral para el mausoleo de la familia Dávila Riascos. Margot Dávila Riascos, su otra hija religiosa, tallo el altar de Madera que se encuentra alli. Al terminar la edificación, los restos de don Francisco Eduardo Dávila Pumarejo, fueron trasladados de mausoleo de la familia Dávila Garcia al nuevo mausoleo. En este lugar reposan hoy los restos de don Francisco Eduardo Dávila Pumarejo, con los de su esposa, Ana Paulina Riascos de Dávila, y de alguno de sus descendientes fallecidos.
Por Hernando Echeverri Davila La boda fue muy discreta porque la familia estaba de luto por Manuel Ignacio Pérez. Entiendo que esta foto la tomó Tía Mary que estaba aficionada a la fotografía.
Por: Sylvia Echeverri Dávila - Tomado del Libro de Genealogia de Julia Echeverri Dávila
“Cuando diariamente voy al río, encuentro que ese río ya no es el mismo y que yo tampoco soy el mismo.” Heráclito Mi personaje favorito siempre fue mi abuelita. Tal vez su característica más notable fue la sencillez, el sentido del humor y su buen corazón. En mis recuerdos la veo sentada al borde de la cama, con su camisón de lino blanco, peinándose su larga cabellera gris con Tricófero de Barry. “Mijita”, me llamaba. Tenía unos ojos pequeños como los míos, y por la edad, muy opacos. De chiquita me impresionaba que se los lavara usando una copita azul, llena con agua oxigenada. Usaba Astringosol para hacer gárgaras, y desde muy chiquita aprendí a diluirlo en agua… Solía esconder sus pastillas para no tomarlas, y cuando se las encontrábamos, enredadas en la servilleta del almuerzo, nos decía que esas eran pepas de tamarindo y no sus remedios. También escondía sus anillos y sus llaves para no perderlas y cuando le preguntaban que donde estaban sus prendas, contestaba: “No se mijita, están bien guardadas.” Vivía en la “Casa Grande” de la Calle de la Acequia en Santa Marta. Una casa antigua, encalada y señorial, rodeada de balcones de yeso en el segundo piso. A mis ojos de niña, la sala de la casa grande parecía un salón de baile de Versalles, con una gran araña de cristal de Murano, y espejos dorados que reflejaban su luz; cuadros antiguos, bustos de alabastro, cortinas de raso, muebles de estilo, y el mejor piano del mundo. Era un piano como ningún otro, no era de cola ni de media cola, pero tenia un timbre y un tono que hacia que todo sonara bonito. Yo me sentaba horas machacando “La Paloma”, “Blue Moon” y “Autumn Leaves”, y a mi abuela todo le parecía lindo. ¡Que paciencia! Los salones de la casa grande tenían cielo rasos muy altos y ventanas que se abrían de par en par hacia los balcones. Nosotros dormíamos en un cuarto al lado de mi abuelita, y en diciembre, cuando soplaba la brisa, amanecíamos con la boca llena de tierra. Si temprano por la mañana, cuando el día todavía estaba fresco, te asomabas por el balcón, podías ver en la casa de enfrente a los bellos muchachos Díaz Granados desfilando para el colegio. Y podías oír a las hermanas Echeverri soñando y suspirando. El altillo y la azotea eran mis sitios favoritos. Desde allí se veía toda Santa Marta, la bahía y el morro. Jugaba en la azotea imaginándome historias de Morgan el pirata y a la tía Lorenza sacando a los prisioneros del morro. En la casa con la abuelita, vivía el fantasma de la tía Lorenza. En noches de luna llena se le oía bajando por las escaleras, llorando su tesoro perdido. Una noche, cuando llegue tarde de una fiesta y todos en la casa estaban dormidos, la oí gemir. Aunque varias generaciones de nietos hemos buscado el tesoro para aliviar la angustia de la tía Lorenza, nunca lo hemos encontrado. Seguro que ella todavía sigue gimiendo. El verdadero tesoro de Morgan estaba en el altillo de la casa grande. Allí se encontraban los baúles de la tía Mary junto con alfombras persas, vajillas de plata, collares de marfil, mantillas españolas, colas de elefantes, colmillos de rinocerontes y sombreros chinos. El altillo era oscuro y olía a polvo y a guardado. Cuando entrábamos, la madera del piso crujía, y sabíamos que estábamos en un lugar mágico. La verdad es que nos estaba prohibido jugar allá. Pero eso nunca nos detuvo. Con ansiedad esperábamos la hora de la siesta, cuando todos se dormían, para esculcar y jugar con los sombreros y collares.